Los Petit Fellas, verdaderos melómanos

La melomanía no va de la mano de la música, la melomanía no va de la mano de los escuchas, la melomanía muchas veces no va de la mano de los músicos; todo eso es un mito que se dice para que cualquiera pueda hacerse el interesante, de la misma manera que escribir a uno no lo vuelve lector, ni asistir a las salas de cine cinéfilo. Artistas verdaderamente melómanos en la escena son pocos, aquellos que ven interconexión y posibilidades en todos los géneros musicales, que sin empacho admiten escuchar ritmos estigmatizados, y a la vez son críticos de lo que suena.

Dentro de esa clase de artistas esta la agrupación colombiana Los Petit Fellas, proyecto en un principio solista de Nicolás Barragán formado en 2006 con el nombre Pet Fella y que usaría el plural a partir de que se nutriera del sonido de Sebastian Panesso  (Guitarrista), Adrián Hidalgo (Saxofonista), Nicolás Garzón (Bajista), Andrés Gómez (Teclista) y Cesar Henao  (Baterista). El grupo toma como base beats de hip-hop y sobre ellos hace su fusión única de funk, soul, rock y jazz. Desde su formación, cuentan ya con cuatro discos de estudio y uno live.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de hablar por teléfono con Nicolás que en ese momento se encontraba grabando en Los Ángeles. Nicolás que es un sujeto de ideas claras y directas, hizo fluir una entrevista que por errores míos pudo salir tan parca como un pedido de pizza.  Mi excusa es una investigación documental pobre (no así la sonora que fue una semana de tener un buen playlist sonando todo el tiempo). Al revisar artículos de prensa sobre el grupo me encontré con varias descripciones más cercanas a J Balvin y Maluma (de quienes hablamos de paso) que Los Petit Fellas.

“Pues no, la verdad no nos definimos como urbano” Esa fue la respuesta funesta a mi primera pregunta. Antes de continuar este artículo, les enlistaré tres situaciones comunicativas que me tensan como corredor de la muerte: 1) Charla de cena navideña 2) Explicarle a mi jefe por qué llegué media hora tarde 3) Entrevistas telefónicas. No obstante, en lugar de recurrir a un silencio incomodo, Nicolás expande su punto y arregla mi metida de pata: “Mezclamos muchas cosas, funk, soul, jazz, un poco rock, no le damos una etiqueta, si lo consideramos dentro de un género, pues es alternativo, nos gusta mucha música diversa y cada uno aporta lo que escucha (sic)”.

Sobre la cuestión de los artistas urbanos discutimos un poco más y sorprendentemente Nicolás no tiene empacho en hablar de manera sincera al respecto: “me gusta el rock, me gustan los ritmos latinos, y también me gusta bailar un reggaetón, ¿por qué no hago reggeatón como todos allá (Colombia)? Muy sencillo, ya todos lo hacen y algunos lo hacen de manera excepcional, no voy a meterme a ese asunto, cuando hay personas como Tego Calderón que lo hacen increíble”.

Ya inmersos en la cuestión de la representación latina en la escena musical, el cantante agregó lo siguiente: “Que suene música latina de cualquier tipo es bueno para los músicos de la región en general, porque así descubres música nueva, te agarras a un artista de urbano y te preguntas que otra música hay en ese país y a lo mejor encuentras otro sujeto que te llama aunque interprete otro tipo de música”.

De la misma manera con que reconoce gustos musicales ajenos a su sonido, Nicolás es crítico de actitudes a su manera de trabajar, tal y como me demostró cuando entre la parte de la sobremesa de la llamada telefónica hablamos del escándalo del #SinReggaetónNoHayGrammy. “Esto no se trata de géneros musicales, no se trata de reggaetón o cualquier otra cosa, esto va de que no están hablando de ellos (J Balvin –compatriota de Nicolás-, Bad Bunny y Daddy Yankee)”. Cierra su comentario con una afirmación que podría funcionar como mandamiento para cualquier músico: “Si te pones a hacer y decir esas tonterías, no estás trabajando; sí estás dedicado a tu música y a tocar y escribir no te queda tiempo para eso, que para mí, es un berrinche”.

Los Petit Fellas se presentarán el próximo viernes 18 de octubre en el marco del Festival Tecate Coordenada en el Estadio Akron. Los boletos se encuentran disponibles en el sistema de Ticketmaster.

Rimas septentrionales en el Blumenthal

Canadá es referente de muchas cosas, pero al hablar de hip-hop puede quedar un poco olvidado; sin embargo, entre sus tundras y bosques hay exponentes notables. Entre ellos, está el dúo Snotty Nose Rez Kids.

La dupla que empezó a producir música en 2016, se ha destacado dentro del subgénero de hip-hop tribal (si estás pensando en sombrerudos con botas picudas, lárgate de este post antes de que te echemos a cartablancazos); en México este género es conocido gracias a los MCs que rapean en lenguas originarias como el náhuatl, el otomí, el maya y el tsotsil, entre muchas otras. Canadá al ser una nación con una historia relativamente armónica con sus pueblos nativos, ha permitido que artistas como Yung Trybez y Young D, raperos de la Nación Haisla, uno de estos pueblos pueda trascender.

Esta agrupación llegará a Guadalajara a uno de nuestros escenarios más abierto a propuestas alternas: El Teatro Vivian Blumenthal. Su setlist incluirá las canciones del nuevo disco de su catálogo, Trapline, un material que los ha llevado a girar, hasta ahora, alrededor de su país, Estados Unidos, Europa y Australia; el álbum, además de ser bien recibido por su fanaticada y la prensa musical, estuvo nominado a los premios Polaris de 2019. Tras presentarse en tierras tapatías, la próxima parada será el Festival Internacional Cervantino

Años de arduo trabajo

Agrupados en 2016, tras conocerse en la preparatoria, la dupla cuenta con tres producciones discográficas: Snotty Nose Rez KidsThe Average Savage (ambos editados en 2017) y Trapline. La popularidad en su país y los seguidores alrededor del mundo comenzaron a reproducirse luego de publicar The Average Savage.

Éste trabajo compitió en los Indigenous Music Awards y los premios Polaris y Juno; también fueron reconocidos como “Mejor Artista de Hip-Hop” en los Western Canadian Music Awards.

Celso Piña: folclor en el pop sin pedir permiso

Hoy en día encontrarse con un consumidor de música monogenérico no solo es algo raro, sino chocante. No solo los exponentes son influenciados por artistas dispares a su escena y colaboran con estos, también se abren los espacios reservados a un tipo específico de música a personajes ajenos en sonido pero similares en actitud y proyección, la oferta musical es más diversa que nunca.

En los 80, México estaba lejos de esa apertura musical. Los estereotipos y prejuicios castigaban a cualquier género que no fuera el pop cursi y acapulqueño de la época. Imaginar que un señor bigotón de Monterrey pudiera tocar el acordeón junto al mirrey Luis Miguel o al Timbirichi en turno era a lo mucho una broma para un sketch. Más difícil de imaginar eso, era la posibilidad de que un acordeonista que tocaba música para cholos regios fuera reconocido en vida como hito cultural, y que en la muerte fuera llorado por melómanos del pop, la cumbia, el norteño, el rock, el rap, el hip-hop, el ska y el ballenato.

Celso Piña en C3 Stage en 2018. FOTO: Roberto Mora

“Rebelde del acordeón”, fue el nombre que se le dió a ese músico de una zona favelera de Monterrey. En el Cerro de la Campana de la Sultana del Norte, unos chicos descubrieron por accidente el sonido que volvió internacional al acordeonista. Grupos de jóvenes de la popular colonia Independencia organizaban fiestas callejeras, donde además reproducir sonidos de su herencia norteña, tenían influencia de la cultura chicana de finales del siglo XX así como de ritmos colombianos como la cumbia y el ballenato. En una de estas fiestas una cinta reproducida por error a menos revoluciones de las necesarias, dio origen a una cumbia más lenta que gusto a los asistentes y se volvió característica de ese tipo de fiestas. Esta música recibió el nombre de “cumbia rebajada” o “cumbia cholombiana”.


Más difícil imaginar, era la posibilidad de que un acordeonista que tocaba música para cholos regios fuera reconocido en vida como hito cultural.

Con un ritmo tan rico en influencias culturales y tan conectado con el pueblo parecería que las posibilidades serían ilimitadas; sin embargo, ese rebelde hacía con su acordeón cosas muy distintas a las de otras leyenda del instrumento quimera como Ramón Ayala, es decir, su ritmo era muy chocante para los estándares de la música regional tradicional. El norteño no lo consagró y la cumbia era muy marginal por ese entonces como para ser apreciada. Por otra parte, el pop y rock, pasaban por buenos momentos pero los acercamientos al folclor y a lo popular estaban aún lejos de suceder. 

Celso Piña en C3 Stage en 2018. FOTO: Roberto Mora

Control Machete y El Gran Silencio, como principales exponentes de la avanzada musical regia de finales de siglo, capitalizaron al “Cacique de la Campana”. De esta apuesta no solo saldrían los dos himnos más importante del músico regio, sino la punta de lanza algo más nacional y trascendente que la cumbia cholombiana: el sonidero.

 “Cumbia Poder” y “Cumbia sobre el río”, estas dos canciones además de mostrar el talento musical del habitante del Cerro de la Campana en otras escenas, llevaron la subcultura de los bailes de cumbia rebajada a otras metrópolis del país; ahí se volvió parte de la identidad de las clases populares de México; luego de la cultura del mexicano regular, presente en bodas, quinceañeras, graduaciones y la juergas de fin de semana entre oficinistas. 

Celso Piña en C3 Stage en 2018. FOTO: Roberto Mora

Con el gusto por la música del “Rebelde del Acordeón”, (para este entonces ya relacionado con Café Tacvba, Resorte y otros artistas reconocidos a nivel internacional) vino el interés por las cumbias, las caguamas, los grupos que cerraban calles en las colonias populares, las luchas, el pulque y todo ícono tropical que encajara en la diversión de ese carismático señor bigotón.

Actualmente, es normal ver algún grupo norteño o de cumbia colado en los line-ups de festivales de rock y pop, no solo como un gancho para personas de distintos estratos socioeconómicos, sino como posible prospecto a generar un éxito tan grande como el de Los Ángeles Azules, ahora abrazados por las divas del pop en español, orquestas filarmónicas, Coachella, festivales wannabes de Coachella y el país en general. Mi Banda El Mexicano, Los Tucanes de TijuanaBanda Machos han sido algunos de los beneficiados por este fenómeno. Aunque la tendencia va a la baja y parece que para la próxima década los artistas “eclécticos” vendrán desde el reggaetón y trap (pero solo los que entiendan que la corrección política es moneda de cambio y que a cambio de poner un alto al clasismo, se les pide reducir su misoginia). 

Celso Piña en C3 Stage en 2018. FOTO: Roberto Mora

Independientemente de la relación que vayan a llevar en los próximos años, el pop, tan mainstream, tan fresa, tan internacional; con el folclor, tan alternativo, tan barrio, tan regional; los acercamientos que han dado paso la situación actual de la música latina, se los deben a Celso Piña, que nunca pidió permiso para tocar su acordeón en donde quisiera y con quien quisiera.